jueves, 27 de noviembre de 2014

La disciplina de la imaginación



La disciplina de la imaginación.


     No es posible reflexionar sobre el sentido de la literatura sin establecer las condiciones precisas en las que se produce. 
     Los escritores lamentan la falta de lectores, las salas de conferencias permanecen vacías, nadie parece darse cuenta que la razón principal de que no exista esa multitud llamada público se encuentra en un cuenco entre la educación y la cultura, entre saber y estar al día.
     En las salas de conferencias de institutos de bachillerato, se encuentra el mejor público, el más receptivo y sincero.  En España, muchos de los conservatorios de música se encuentran en muy malas condiciones y las administraciones públicas gastan en canales de televisión que emiten basura.                                                 A nadie le interesa aprender cosas inútiles. Desde el nacimiento del ser humano, los aprendizajes están ligados al instinto de supervivencia y a la necesidad de comprender el mundo y crear una idea razonable de la posición del ser humano en él.  El hombre quiere saber lo que le es necesario y busca fuera de sí, lo que existe dentro de él mismo. Es por eso que el amor a los libros sólo se da cuando se cree que son útiles y que pertenecen al reino de la vida propia.  Leer no es hacer méritos para aprobar un examen o presumir que se está al día. Un libro no debería de adquirirse como si fuera una camiseta de moda. Un libro verdadero es tan necesario como un vaso de agua. La literatura es un atributo de la vida, un instrumento de la inteligencia, de la razón y la felicidad.
     La literatura, no es cultura, sino algo más serio y elemental, es una consecuencia del instinto de la imaginación, que opera con plenitud en la infancia y que poco a poco suele atrofiarse. De adultos, la imaginación se mueve con torpeza y se olvida que hubo un tiempo en el que el juego y la fábula no eran una manera desmañada de huir de la realidad, sino,  la forma soberana del conocimiento. Mediante el juego se aprenden las normas y las leyes del mundo. La imaginación se apodera de las cosas, transmutando la realidad ostensible en una apariencia maleable que obedece los deseos. Lo que para los adultos es siempre un desván y jardín, los niños lo convierten en grutas y selva; ven a los padres como un súper héroe o un gigante.
     El tiempo, fugitivo y cuadrado. Llega a ser tan vasto como el tamaño que tienen en el recuerdo  las habitaciones del pasado. En esa edad, épocas de oro de la infancia, placer y aprendizaje, juego  verdad, imaginación y descubrimiento, eran sinónimos. A medida que el ser humano crece y comienza a adiestrarse al trabajo, para la mansedumbre y la desdicha, el hábito de la imaginación se vuelve incómodo o peligroso, u desde luego inútil, y sin darse cuenta, se va perdiendo porque hay una determinada presión social para que nos convirtamos no en individuos sanos,  felices y autónomos, sino en súbditos dóciles, en empleados productivos, en lo que antes se llamaba hombres de provecho. Así se trazan fronteras rigurosas, el juego, la fábula, la imaginación, quedan despojados de su soberanía y convertidos en proscritos.
     La imaginación es muy fuerte y no se vence fácilmente. Si se ha educado el acercamiento a los libros, al final de la adolescencia, suele ser un momento ideal para afanarse a la literatura y así mantener activa la imaginación.
     La literatura establece un juego profundamente tramposo, porque no permite distinguir de lo real y lo que no existe. Los juegos y los cuentos enseñan a vivir, al igual que los mejores libros. La literatura que importa es aquella que contagia de vigor y vitalismo. Los simulacros son como narcóticos que inducen a la pasividad de los fumadores de opio. Éste tipo de literatura es la que más se enseña.
     Introducir a los niños y jóvenes al reino de los libros es enseñarles que éstos no son monumentos intocables, sino testimonios cálidos de vida.  La literatura no es un catálogo de fechas y nombres; es un tesoro infinito de sensaciones, experiencias y vidas; es un espejo al interior y una ventana que muestra  más allá de las experiencias propias; es necesaria, es un lujo de primera necesidad.  
     El hecho de que la literatura sea necesaria, no quiere decir que todos pueden, sin esfuerzo, puede escribirla y leerla. Las cosas que instintivamente se llevan a cabo, las que parecen no tener esfuerzo alguno, han requerido de un aprendizaje lento y difícil. Es igual que aprender a hablar, se habla por instinto y con naturalidad, pero costó mucho aprender a hacerlo. Al aprender a caminar, es necesario caerse en varias ocasiones ara aprender a hacerlo bien, vencer el miedo y andar con facilidad.
     Aprender a escribí libros es una tarea larga, un placer extraordinario y laborioso, no se regala a nadie. La inspiración, la fluidez, la sensación de que las palabras van señalando el camino, llegan después de mucho tiempo de dedicación y disciplina.  Al igual, aprender a leer libros y a gozarlos también es una tarea que requiere esfuerzo, paciencia y humildad.
     Parece imposible lograr que las personas se desprendan de la televisión y se concentren en la literatura y que en las escuelas exista la verdadera posibilidad de que profesores y alumnos compartan la experiencia del aprendizaje de la imaginación.
     Porque la literatura no está solo en los libros y menos en los actos culturales, en las conversaciones de los literarios o en suplementos literarios de los periódicos. La literatura se encuentra en aquellos lugares donde alguien escribe a solas a altas horas de la noche, donde un padre cuenta un cuento a su hijo,  quien tal vez en algunos años se tomará el tiempo de leer una novela. Pero el lugar en dónde encontramos más literatura es en un aula,  el profesor con su entusiasmo contagia a los alumnos del amor a los libros.
     El amor a la literatura es más que solo leer algo que alguien más escribió, es también viajar al interior, conocerse a sí mismo y explorar un universo inmenso. El uso de la imaginación es de verdadera importancia para los humanos, ayuda a establecer una inteligencia para aplicar experiencias y aprendizajes en la vida real.


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